El Diccionario de Americanismos: una obra sin precedentes

Entrevista al secretario general de la Asociación de Academias de la Lengua Española

Una multitienda atendida por mexicanos en Estados Unidos, un barman traductor en Guatemala, un chofer chapurreando inglés a bordo de un taxi en Bangkok: todas escenas que constituyen la previa de una publicación histórica. El secretario general de la Asociación de Academias de la Lengua Española, de visita en Chile, comenta las rutas de un idioma cervantino y poblacional.

El método es siempre el mismo: llegando a cualquier país, el secretario general de la Asociación de Academias de la Lengua Española, Humberto López Morales, pide un taxi con un chofer que hable español. Una vez llegó a Bangkok y sólo tenían conductores que hablaban inglés. «Bueno, les dije. Qué se le va a hacer. En los tres días en que estuve allá, no le entendí una sola palabra. Nada», recuerda.

Y así es como el cubano mira el futuro de la lengua española, a propósito de la publicación del primer Diccionario de americanismos: «Según proyecciones para el 2050, el 10 por ciento de la población del mundo hablará español. Será el idioma más hablado y unificado. El chino mandarín son como cinco lenguas diferentes y al inglés le está pasando lo mismo: en Oriente hay cantidad de gente catalogada como hablante de inglés, pero no entiendes nada».

La tarea empezó hacia finales del siglo XIX. Se volvió a intentar en los años 50. Desde que López Morales asumió su cargo en 1994, se dispuso en saldar una deuda «vergonzosa»: «No teníamos un gran diccionario que le hiciera honor a Hispanoamérica». La tarea fue gigante e incluyó revisar 152 diccionarios locales y becar estudiantes para que aprendan lexicografía y aseguren un punto de vista más joven. Ahora, dice el académico, los países deberán publicar sus propios diccionarios, añadiendo los términos que quedaron fuera del volumen general. El diccionario quedó impreso sólo doce días antes del V Congreso de la Lengua Española en Valparaíso, programado para marzo pasado. López Morales estaba en Chile cuando se desató el terremoto, espantado por su vida y también por los volúmenes que descansaban en una bodega entre Santiago y Valparaíso. El congreso, finalmente, se desarrolló vía internet. La misma vía sospechosa de sabotear el correcto uso del español salvó el día.

«Todo eso que la gente llama globalización, que era una cosa terrible, que iba a unificarlo todo, es completamente falso. La realidad no lo ha probado en lo absoluto», dice, y pasa a una anécdota: «Estaba en un hotel en Guatemala y cuando terminaba el día, subo al bar. Por algún motivo, el camarero creía que yo era español. Conversando, me dice ‘no, no, no tiene por qué coger un carro para ir —ah, y carro significa coche—, porque está como a tres cuadras —cuadras significa calle—. Le dije que no tenía por qué traducirme, que era hispanoamericano. ‘¿Y usted cómo sabe que al carro le dicen coche en España?’, pregunté. ‘Pues por la TV, por los programas de fútbol’. Sucede que hoy la gente tiene dos competencias lingüísticas: la activa, que es su propio dialecto; y una pasiva, de términos que no usan, pero que si las mencionan, entienden».

—Uno tiende a desconfiar de que la RAE, una institución española, venga a decirnos cómo se habla en América.
—Conozco académicas de España que no creen en esto, que piensan que el español de España, y sobre todo el de Madrid, es el único, el maravilloso. Pero el diccionario de la RAE está lleno de palabras hispanoamericanas. Pero la voz conservadora es minoría, porque ahora ingresó gente cercana a los 40 años, muchos escritores, gente más liberal. Ya no es ni remotamente lo que era hace 20 años. Y hay que decirlo: era una actitud completamente estúpida, ridículamente acientífica e irreal. Con la fundación de la Asociación de Academias, tenemos una estructura absolutamente democrática. Todas las academias, inclusive la española, tienen un voto para las tareas que planteamos. Aquella época en que Madrid decidía y acá aprobaban, es historia antigua. Serán españoles, pero no son tontos. Afortunadamente para todos, porque lidiar con ese monstruo anquilosado de hace 50 años, era horroroso.

—¿Puede ser el español un elemento de resistencia frente a las políticas e ideologías contra la inmigración?
—Cada minuto entran a EE. UU. 2,5 hispanos. Son 13 millones de nuevos hispanos por año. Para el 2045, los hispanos van a ser primera mayoría. Si hay 11 millones trabajando, 2,5 entrando cada minuto, con una frontera enorme, ¿qué haces? Cuando fui profesor en Texas, por la década del 60, acompañé a mi madre (que no hablaba inglés) a una tienda muy grande donde sabía que había personal mexicano. Veo una chica mexicana, le digo que atienda a mi madre y me dice «I’m sorry, no hablo español». «Chica, tú eres mexicana, ¿qué me vienes a decir a mí?». Cuando los mexicanos recogían tomates a un dólar la hora, el español daba vergüenza. Los inmigrantes querían que sus hijos se olvidaran del español y aprendieran inglés. Eso cambió y las personas que hablaban inglés y español tienen una media de sueldo de dos mil dólares más que los que hablaban sólo inglés. El gobierno de Florida, con más de 200 empresas españolas, lo advirtió y puso cursos gratuitos para hablantes de español que habían olvidado, para reforzarse. Se matricularon 23 mil personas. Que yo me olvide del español y que mi hija hable inglés, es una pendejada.

—Se trata de proteger «las malas palabras», también.
—Una señora académica de Ecuador me dijo que estaba sorprendida y avergonzada de que el diccionario tuviera malas palabras. Hubo que explicarle que hay tipos de diccionarios: el de la RAE es normativo y lo que hace es decirnos cómo se habla y cómo se escribe bien. Este es un diccionario de uso. Lo único que exigimos es que hubiera una publicación que respalde el término, y para eso hasta fuimos a los blogs. Una palabra como «pene» tiene más de 250 sinónimos. Y no te digo nada de «vulva» y «fornicar». Todo lo que sea escatológico (defecar, orinar) y sexual, tiene una ampliación gigante de sinonimias. Como no se pueden ocupar en todo contexto, aparecen sustitutos. La imaginación para eso, en Hispanoamérica, es pasmosamente sorprendente. ¿Cómo no va a estar en un diccionario de usos una palabra con 300 sinónimos? Eso demuestra la tremenda riqueza léxica que tienen los hispanohablantes. No logré convencerla del todo a la señora. Pero trabajó con nosotros.

Publicado en Noticias del Castellano
http://www.elcastellano.org/noticias

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