Del arte de contar historias reales

Este artículo merece leerse en su totalidad, discutirse en clases de redacción, periodismo, ciencias sociales y hasta biología. Resulta inspirador también para cualquier escritor profesional o principiante. Aquí lo dejo.

por LEILA GUERREIRO
27/02/2010
El País

ilustración de Pluma Mutante

Se dice, se repite: que lo más interesante de lo que se escribe y se publica hoy en Latinoamérica pertenece al género de la no ficción. Que es allí donde hay que buscar los saltos en altura, las cuerdas flojas, los riesgos de la forma y el estilo. Lo había dicho, casi igual, Tom Wolfe en 1973, en su libro El nuevo periodismo: que lo más interesante de lo que se escribía y se publicaba por entonces en Estados Unidos salía de la pluma de quienes se habían puesto al servicio de contar historias reales, y no de quienes seguían con los cuentos, las novelas. Esa lejana aseveración nos manda a ser prudentes. Porque si es verdad que aquellos años cambiaron el periodismo para siempre, mirados en perspectiva fueron también los años en los que un señor llamado John Cheever estaba en plena producción, un tal Thomas Pynchon publicaba El arco iris de gravedad, y un fulano llamado Don DeLillo hacía lo propio con Americana. Podría decirse, en todo caso, que en Latinoamérica hay buenos y malos periodistas, buenos y malos escritores, buenos y malos textos de ficción, buenos y malos textos periodísticos. Y que, en todo caso, como escribe Juan Villoro en su texto La crónica, ornitorrinco de la prosa, lo que ha cambiado es un prejuicio:

“El prejuicio que veía al escritor como artista y al periodista como artesano resulta obsoleto. Una crónica lograda es literatura bajo presión”.

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Esto es verdad: hay, en Latinoamérica, una generación de periodistas que escribe sobre temas diversos -madres que matan a sus niñas, víctimas de las minas antipersonales, gente que desaparece en el desierto- y utiliza, para escribirlos, técnicas de la ficción: climas, tonos, estructuras complejas. Periodistas que publican sus historias en libros y revistas -SoHo, Don Juan o El Malpensante, en Colombia; Gatopardo y a veces Letras Libres, en México; Etiqueta Negra en Perú; The Clinic en Chile; Marcapasos en Venezuela: son algunas-, sostenidos en la fe de que eso que hacen no es sólo una forma decente de pagar el alquiler, ni el mal trago necesario para perpetrar después una novela, sino lo que es: literatura. Una forma de contar. Que es como decir: un arte.

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Literatura, dice la RAE, es el arte que emplea como medio de expresión una lengua. “Un hombre no puede dividirse entre el poeta que busca la expresión justa de nueve a doce de la noche y el reportero indolente que deja caer las palabras sobre las mesas de redacción como si fueran granos de maíz. El compromiso con la palabra es a tiempo completo, a vida completa. Puede que un periodista convencional no lo piense así. Pero un periodista de raza no tiene otra salida que pensar así. El periodismo no es una camisa que uno se pone encima a la hora de ir al trabajo. Es algo que duerme con nosotros, que respira y ama con nuestras mismas vísceras y nuestros mismos sentimientos”, decía el argentino Tomás Eloy Martínez en su conferencia Periodismo y narración: desafíos para el siglo XXI.

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El género de no ficción latinoamericano por excelencia, la crónica, empezó con los primeros cronistas de Indias. Pasaron años -de años- y siguieron las firmas: Rubén Darío, José Martí, Jenaro Prieto, Roberto Arlt, Juan José de Soiza Reilly, muchos otros. Siempre conviene detenerse en el argentino Rodolfo Walsh y Operación Masacre, su libro circa 1957 que cuenta la historia de cómo, en 1956, militares partidarios de Perón intentaron una insurrección contra el gobierno y, bajo el imperio de la ley marcial, el Estado fusiló a un grupo de civiles, supuestamente implicados en aquella insurrección. Walsh -un hombre que había sido, hasta entonces, traductor del inglés y autor de cuentos policiales- escribió esa historia con ritmo y prosa de novela. Cuando fue entrevistado en 1970 por el escritor argentino Ricardo Piglia dijo así: “Un periodista me preguntó por qué no había hecho una novela con eso, que era un tema formidable para una novela; lo que evidentemente escondía la noción de que una novela con ese tema es mejor o es una categoría superior a la de una denuncia con este tema. Yo creo que la denuncia traducida al arte de la novela se vuelve inofensiva, es decir, se sacraliza como arte. Por otro lado, el documento, el testimonio, admite cualquier grado de perfección. En la selección, en el trabajo de investigación, se abren inmensas posibilidades artísticas”. Le pasó a él, les pasa a todos: siempre, ante una buena historia real, alguien señala: “Sería una gran novela”. Como si no agregarle un litro y medio de ficción significara desperdiciar alguna cosa.

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Hay, en Latinoamérica, editoriales que dedican colecciones enteras a la no ficción -Aguilar en Colombia, Tusquets en la Argentina-, un premio importante que la premia -y que otorga la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano-, antologías que la recopilan: Dios es chileno (Planeta), Las mejores crónicas de SoHo (Aguilar), Las mejores crónicas de Gatopardo (Debate), Crónicas de otro planeta (Debate), La Argentina crónica (Planeta). Y, aunque en los periódicos retrocede el espacio para publicarlas, aunque no son tantas las revistas que lo hacen y son pocas las que disfrutan de holguras económicas, hay entusiasmo. Un fervor. Será que, como toda conquista, la conquista de la no ficción latinoamericana es prepotente: por asalto. Y se hace, aunque todo indica que no se puede hacer.

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La no ficción latinoamericana hace estas cosas: imposta modos, lenguas, busca metáforas, empieza por el final, termina por el principio, se enreda para después desenredarse, se hace la tierna, la procaz, la estoica, se escribe en presente perfecto, en castellano antiguo, en primera persona, se hace la poética, la minimalista, la muy seria, la barroca. Duda. Prueba. A veces se equivoca. Pero existe: prueba.

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El tipo era uno de cuatro sentados a una mesa redonda que versaba sobre el periodismo y la literatura y sus posibles trasvasamientos, roces. Cuando uno de los participantes -periodista- terminó de exponer su método de trabajo y su defensa del periodismo como forma de arte, el tipo pidió la palabra y dijo que lo alegraba que el colega pusiera tanto empeño, pero que estaba siendo un poco exagerado porque, después de todo, la única obligación del periodismo es ser objetivo -dijo eso: ser objetivo- allí donde la ficción exige imaginación fecunda, y que es en la soledad creativa, en la que el autor dialoga con sus fantasmas, donde se ve el verdadero alcance de la palabra arte. El tipo ponía mucho empuje en la palabra “autor” y debía ser, sin duda, un grande en su oficio: alguien que, en su soledad creativa, dialogando con sus fantasmas y en pleno uso de su imaginación fecunda, se había inventado la definición del periodismo: un oficio de grises y notarios. Lo contrario a todo lo que es.

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Para ser periodista hay que ser invisible, tener curiosidad, tener impulsos, tener la fe del pescador -y su paciencia-, y el ascetismo de quien se olvida de sí -de su hambre, de su sed, de sus preocupaciones- para ponerse al servicio de la historia de otro. Vivir en promiscuidad con la inocencia y la sospecha, en pie de guerra con la conmiseración y la piedad. Ser preciso sin ser inflexible y mirar como si se estuviera aprendiendo a ver el mundo. Escribir con la concentración de un monje y la humildad de un aprendiz. Atravesar un campo de correcciones infinitas, buscar palabras donde parece que ya no las hubiera. Llegar, después de días, a un texto vivo, sin ripios, sin tics, sin autoplagios, que dude, que diga lo que tiene que decir -que cuente el cuento-, que sea inolvidable. Un texto que deje, en quien lo lea, el rastro que dejan, también, el miedo o el amor, una enfermedad o una catástrofe.

Atrévanse: llamen a eso un oficio menor.

Atrévanse.

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