Tomás Eloy Martínez: maestro del periodismo

por Ariel Dorfman
Sala de Prensa

Fue en diciembre de 1973, en la redacción del diario La Opinión, que me encontré por primera vez con Tomás Eloy Martínez, aunque la verdad es que ya nos habíamos leído y puede aventurarse que éramos de alguna manera amigos, con esa fidelidad lejana y feroz que suelen exhibir los lectores hacia un autor admirado. Eran tiempos nefastos. Yo había llegado la noche anterior de un Chile que le había prometido al mundo la revolución de Salvador Allende y nos había dado, en cambio, la asonada de Pinochet. Creo que se me notaban en el rostro y en los hombros las muchas y recientes muertes que cargaba– un aire fantasmagórico que me iba rondando y que Tomás no tardaría en discernir, él que era tan familiar con la muerte, de la que había sabido, hasta anoche, milagrosamente librarse.

Venía a conversar con Jacobo Timerman y cobrar un premio literario, pero también a juntarme con Osvaldo Soriano; y Soriano estaba conversando animadamente con Tomás, y ahí comenzó todo, así eran las cosas en esa época. Todos los que trabajaban en torno a la cultura en la Argentina formaban parte de una especie de colmena abigarrada de relaciones y sueños, se conocían entre sí e insistían en abrir puertas y ventanas. Eduardo Galeano me dijo que tenía que aproximarme a Rodolfo Walsh, Walsh me introdujo a Paco Urondo y me acuerdo de una noche infinita en que Augusto Roa Bastos me escribió largas y minuciosas listas con sus contactos, incluyendo a Graham Greene y Tomás, que bueno, fue el más expansivo y accesible. Me ofreció desde ese primer día que colaborara en el suplemento cultural que dirigía en La Opinión y también la publicación de un cuento en la revista Primera Plana. Hallé en él una generosidad que nunca cesó hasta el día de su muerte. Me armaba reuniones en su casa con corresponsales holandeses, curas revolucionarios y Montoneros esquivos, siempre bien regadas con vino y pasta y carnes, si bien él prefería el café como su oficina.

Aunque era la urgencia del momento político lo que nos unía en esas conspiraciones –llegaban noticias de más represión en Chile y cada día era más inquietante la evolución del Argentina en que Perón, en su última presidencia, viraba drásticamente a la derecha–, se infiltró la literatura en las conversaciones, en especial la extraña relación que guarda la ficción con la realidad en nuestra América Latina, la fluida tensión entre lo testimonial/periodístico/histórico y la forma en que la imaginación está obligada a tejer un escenario paralelo. Me dio a leer en manuscrito La Pasión según Trelew. Me pareció una novela más que reportaje y él me confió que la gran novela argentina tendría que construirse en torno al enigma de Perón. Tenía, me dijo, un proyecto para armar algo sobre él y tal vez sobre Evita y ahí supe de las memorias que Perón le había dictado en Madrid. Como tantas veces que Tomás contaba algo (y vaya que era narrador empedernido), no sabía yo si era cierto o no, si lo estaba inventando o había sucedido. Ya estaba especializando en confundir deliciosamente a sus interlocutores, ya iba juntando una pasión por la verdad y una compasión por los excluidos de la historia con una mirada mareante y juguetona que los críticos calificarían como postmoderna.

Lo que no era invento era el peligro que se cernía sobre la Argentina. Yo estaba desesperado por irme, veía que estaba por caer sobre Tomás y sus congéneres una masacre que haría palidecer las de Trelew y Ezeiza. Se lo dije a él y a su primera mujer, Pinky, la noche que fui a despedirme de ellos en febrero de 1974 –unos días antes de que viniera a buscarme la Triple A al departamento de mi abuela en la calle Urquiza. “Tienen que partir lo antes posible”, les dije. “Los van a matar a todos.” Tomás sonrió y me aseguró que me equivocaba. Algo malo se venía pero no iba a ser como Chile, él no tenía ganas ya de viajar, había tanto que hacer y construir en la Argentina, tanto que escribir.

No lo volvería a ver hasta 1978 cuando visité Caracas, donde él había buscado refugio unos anos antes. No me acuerdo si ya estaba casado él con Susana Rotker, una venezolana con la que yo trabaría una amistad tan entrañable como la que tenía con él, pero lo cierto es que a partir de 1984, cuando se instalaron en los Estados Unidos, pudimos armar un vínculo más permanente, puesto que residimos durante tres años en las inmediaciones de Washington D.C.. Ahí leí, antes de que se publicara, la obra que me había susurrado en Buenos Aires: era La novela de Perón, y quedé deslumbrado y hasta adelanté el juicio de que iba a ser imposible que superara aquella obra maestra. “Espérate”, me dijo Tomás. “Falta Evita”.

En esos años de nuestra expatriación pude, por fin, devolverle la mano a Tomás, ayudarlo como me había ayudado a mí cuando me encontraba náufrago en Buenos Aires. Lo recomendé para una beca en el Wilson Center de Washington (donde comenzó a escribir Santa Evita), y le presenté a mi editor en Pantheon, Tom Engelhardt, que publicó The Perón novel en inglés.

Después, nunca más convivimos en una misma ciudad pero jamás nos perdimos de vista. Y en la medida en que cada cual alcanzó algún grado de celebridad (como en toda auténtica camaradería, aclamábamos el éxito del amigo como si fuera propio), los lazos se fortalecieron. Pasaban meses en que no nos habláramos por teléfono ni nos encontrábamos en conferencias, pero era posible saber del otro por los libros publicados y enviados y, especialmente, por las crónicas periodísticas. No compartimos, desventuradamente, tan sólo los premios, victorias y páginas de un diario, sino también. . . y no hay nada que hacer, tengo que recordar aquella madrugada cataclismática en que Daniel Divinsky me anunció que Susana Rotker había muerto en un accidente de tráfico en Nueva Jersey. Y más tarde la voz de Tomás al otro lado de la línea, desolado, más allá del dolor, y sin embargo contándome todo como si fuera una película, como si no pudiera, aún en los momentos de mayor devastación, dejar de narrar y supiera que sólo relatar esa historia alucinante podía salvarlo de la locura.

Con eso me quiero quedar. Con su empecinada exigencia de doblegar la realidad y construir delirios y engañar el destino precario, el suyo y el de su país y el de su continente. Contra y adentro del lugar común que es la muerte. Con eso me quiero quedar, con eso vamos a quedarnos todos. Con su certeza de que si algo no se cuenta no perdura, no vale la pena que exista.

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